Archivos poscustodiales para el bien colectivo

Hannah Alpert-Abrams, traducido por Ignacio Carvajal Regidor  [English]

Construir colecciones en bibliotecas o archivos a través de fronteras internacionales siempre implica una negociación de poder. En los Estados Unidos, hay una larga historia de sacar materiales históricos de las comunidades que los han creado, a menudo en nombre de la preservación. Sin embargo, estos actos de preservación han a menudo sido acompañados por esfuerzos para invisibilizar, silenciar o controlar las poblaciones cuyas historias han sido reubicadas. Este es el caso en muchas partes de América Latina y el Caribe.

El modelo poscustodial de la práctica de archivo utiliza tecnología digital para optar por una aproximación más colaborativa al trabajo de archivo. El modelo se originó como respuesta al incremento de materiales de origen digital producidos por instituciones, una forma de decir, “archiven sus propios emails.” Pero rápidamente los archivistas interesados en los derechos humanos y la justicia social adoptaron el modelo poscustodial como un recurso para afectar el balance de poder en la preservación de archivos.

En la Universidad de Texas en Austin, donde fui estudiante graduada y becaria posdoctoral CLIR, el modelo poscustodial se ha implementado a través de colaboraciones en Brasil, Colombia, Guatemala, El Salvador, México y Nicaragua. Bajo este modelo, en vez de extraer colecciones físicas de América Latina para traerlas a Texas, UT crea asociaciones con las instituciones que poseen los materiales para mejorar su capacidad de preservar y proveer acceso a ellos. Se les da prioridad a colecciones de materiales relacionados con la justicia social y los derechos humanos: colecciones que son de importancia crítica y tienen necesidades críticas de preservación.  

LADI
Colección Conflicto Armado del Museo de la Palabra y la Imagen

En la práctica, esto significa que UT le provee a las instituciones entrenamiento en cuanto a la digitalización, descripción, y el procesamiento digital de los materiales de archivo, al igual que fondos para labor contractual y equipo. A cambio, las instituciones proveen experiencia histórica y cultural que son indispensables para producir descripciones útiles de los archivos. Además, UT se encarga de custodiar una copia de la colección digital y alojarla en línea, en la mayoría de los casos a través del portal Latin American Digital Initiatives.

A lo largo de cuatro años de trabajo con el instituto LLILAS Benson y sus colecciones, he llegado a creer en el potencial que tiene el modelo poscustodial para permitir una aproximación más equitativa a la preservación digital de colecciones vulnerables. Dada la urgencia de las necesidades de preservación de muchas de estas colecciones, no podemos esperar a que se mejoren las infraestructuras o se logre la igualdad global para digitalizar. Con los cambios recientes en la manera de investigar y contar la historia, encaramos una obligación apremiante a desplazar el balance de poder en la esfera digital de textos anglófonos e intereses estadounidenses. Esta obligación es particularmente urgente si consideramos el papel que la política externa de EE.UU. ha tenido en la creación de historias de violencia que se preservan en muchas de estas colecciones y en la creación de sus actuales condiciones de vulnerabilidad. En muchos casos, estas historias también forman parte de nuestra historia.  

Sin embargo, el modelo poscustodial es muy difícil de alcanzar, y hay diferencias significativas entre la versión teórica que describo arriba y su implementación en el mundo real. En particular, hay dos áreas que requieren más desarrollo. Estas áreas representan oportunidades de comprometernos, como partícipes de la biblioteconomía y las ciencias de la información, con los desafíos de la producción de archivos digitales críticos.

La primera se relaciona con el control de información. Como me han enseñado David Bliss, archivista digital de LLILAS Benson, entre otros, cada etapa del proceso de digitalización requiere interacción con herramientas y estructuras de información diseñadas para audiencias anglófonas, a menudo basadas en los Estados Unidos. Esto incluye el software que se utiliza para escanear y procesar archivos, los esquemas de metadatos que describen objetos de archivo, y la interfaz a través de la cual interactuamos con los materiales en línea. Para llevar a cabo este trabajo de manera equitativa, debemos pensar de manera en las escogencias de hardware y software que hacemos, y cómo afectan nuestras interfaces digitales.

La segunda tiene que ver con cómo se mantienen relaciones a largo plazo en un contexto neoliberal. En LLILAS Benson, solo tres de los doce integrantes del equipo de iniciativas digitales tienen empleos permanentes. Los fondos que proveemos a nuestras instituciones asociadas para apoyar el trabajo digital, de la misma manera, solo pueden cubrir contratos laborales a corto plazo. Sin embargo las asociaciones equitativas dependen de la confianza que se forja a través de relaciones personales a largo plazo en especial al considerar una historia nacional de traición y explotación.

Para construir archivos poscustodiales que se acerquen al ideal, entonces, debemos primero priorizar e invertir en relaciones. Esto significa abrir posiciones de personal permanentes orientadas al rededor de asociaciones de digitalización. También significa contrataciones que fortalezcan conocimientos y experiencias culturales, incluyendo especializaciones en idioma además de destrezas técnicas o de archivo. Y significa pensar en eventos comunitarios como seminarios, talleres y exhibiciones públicas como parte fundamental del trabajo de digitalización. A través de esta estrategia podemos centrar nuestras colecciones poscustodiales alrededor de lo que Itza Carbajal, bibliotecaria de metadatos en LLILAS Benson, llama nuestro bien colectivo: trabajo que sirve a la gente, incluyendo las comunidades afiliadas e individuos que las procesan en Estados Unidos, América Latina y el Caribe.

Cualquier error en esta nota es mío, pero las ideas están basadas en una colaboración con David Bliss e Itza Carbajal. Le debo mucho también a largas conversaciones con Theresa Polk, Alex Galarza y el grupo de Archivos y Justicia Social de la Universidad de Texas.